Benditas ratas, maldita importancia.

Cuando Bonaparte murió en Santa Elena, el doctor Antomarchi-creo que así se llamaba el médico-hizo la autopsia del capitán del Siglo. Poseído de respeto pavoroso, abrió la cavidad torácica y extrajo de ella el corazón, destinado para siempre a una urna de alabastro. Pero el buen doctor, avaro de aquel tesoro y temeroso, sin duda, de que fuera profanado por miradas británicas, hubo de esconderlo en la parte baja de una estantería.

Llegó la medianoche, y en un momento de soledad, en que solo el muerto, el médico y Dios se hallaban presentes, quiso el galeno contemplar a sus anchas aquella víscera sagrada y abrió cauteloso la estantería.

No bien lo hizo, cuando cayó de espaldas con un grito de terror en los labios. Y no era para menos: una rata enorme había salido como un rayo, saltándole al rostro…

¡El corazón ya no estaba allí! ¡El corazón del genio había sido devorado por aquella rata! Figuraos la consternación del médico. Imaginaos la justa ira que se apoderó de su alma. Pero la rata, impertérrita, cínica, se volvió al médico, clavando en sus pupilas los negros azabaches de sus ojuelos, y entonces hubo un diálogo, un diálogo fundamental entre el médico y la rata:

-Animalejo inmundo-dijo el doctor-,¿sabes lo que has comido? Has devorado el corazón del genio de la guerra, el corazón de César triunfante en las pirámides, en Marengo, en Wagram, el corazón que no tembló siquiera ante las llamas de Moscú…

-¡El corazón de un hombre!-contestó la rata-. Y un hombre, ¿qué es? Un armadijo de una fisiología idéntica a la de una rata, un puñado de tierra que se agita un momento bajo el sol y luego muere. Y en cuanto a heroísmo, ¿sabes tú del heroísmo de mi raza? Nosotras, como los Arios, brotamos de la India y hemos invadido el mundo.  Nosotras, por encima de la tierra y por debajo de la tierra, en sapientísimas minas y galerías, hemos poblado y perforado el planeta. En muchedumbres intrépidas hemos atravesado a nado caudalosos ríos y nos hemos aprovechado líndamente de los buques de los hambres para viajar en sus calas de un continente a otro. ¿Qué sabes tú de epopeyas, hablador presumido?

Así dijo la rata, y mirando de hito en hito la silueta del cadáver, esa forma insólita y grotesca de pelele que adquieren todos los muertos, por muy emperadores que sean, dijo con desdén inaudito: “¡Fantoche!” Y aprovechando una rendija, se introdujo en ella y huyó al campo libre.

Y ya en el campo libre, aconteció que la rata iba por un camino largo, muy largo, tan largo como el tiempo; y por el camino pasaron cuatro sombras. La primera era Edipo; la segunda Hamlet; la tercera Don Quijote; la cuarta Segismundo. La rata, entonces, apartóse a un lado y saludó a las sombras de este modo:

-¡A vosotros sí que no puedo devoraros el corazón, por que vosotros soys el alma inmortal!

Y este es el cuento de Napoleón y la rata

Federico Oliver

Hemeroteca del diario ABC

publicado el  17/06/1928

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5 comentarios to “Benditas ratas, maldita importancia.”

  1. JG Says:

    ¿Este Federico Oliver?

    http://es.wikipedia.org/wiki/Federico_Oliver_Crespo

  2. 39escalones Says:

    Igualito que la prensa de ahora…

  3. larraz Says:

    En su ataque contra la importancia, no entiendo por qué escribió “y este es el cuento de Napoleón y la rata”, y no “y este es el cuento de Napoleón y La Rata”

  4. 39escalones Says:

    O de La Rata y Napoleón, por respetar la jerarquía, más que nada…

  5. larraz Says:

    Así lo hubiera hecho yo sin duda.

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