Nube y la noche de Agosto

El día que deje de comer animales Nube no había nacido y en el Alaska me zampaba una hamburguesa completa con una cerveza de barril, junto al ventanal que da a la calle Maestro Marquina, esquina Moncasi. Nos había llamado Eva pasado el mediodía, no sé si a nosotros o a Pablo y Almu, pero cuando hizo la llamada s.o.s. los cuatro estábamos por pura coincidencia juntos, paseando con Simba por el centro, que todavía era una joven urbanita sin hijos. Claro que Pablo y Almu tampoco eran padres entonces. Pronto se irían a vivir a Gallur y tendrían a Lucas Skie Walter, pero esa fue otra historia.

 

La llamada de Eva se trataba de una cuestión de fuerza -los padres de Eva acababan de jubilarse y habían decidido vivir en pleno campo, en una pequeña casa con pozo y placas solares, terreno para frutales y huerto y a diez minutos de la ciudad y dos de sus hijas-. Eva y sus padres no podían levantar del suelo a Niebla, enferma, preñada y agotada, una mastina de unos cuarenta kilos con una fuerte infección y un parto por delante.

 

Pablo y yo no somos Hulk Hogan, Pepe, el padre de Eva, tampoco, pero con una manta solucionamos enseguida el problema de subir a Niebla al maletero y salimos zumbando a urgencias veterinarias. Casi no tengo casi nada en mi memoria de aquel tiempo en la clínica, solo recuerdo un animal exhausto, una masa de pelo blanco tumbada y jadeante sobre la mesa de acero. La dejamos allí. No sé si alguien se quedo con ella aparte de los veterinarios.

 

Ahora que lo pienso, es posible que aún no hubiéramos comido, que fueran las cuatro o las cinco de la tarde y que aun no hubiéramos tenido tiempo para ello. Giramos la esquina a la izquierda, la siguiente a la derecha y nos metimos en la taberna para tomar algo y hacer tiempo. No recuerdo lo que pasó después, lo que hicimos al salir del Alaska, pero jamás olvidaré que allí comí mi último trozo de carne, y no lo digo como una añoranza, lo digo como un triunfo contra el egoísmo y la barbarie hacia los animales. Le dije a Nuria: esta es la última hamburguesa que me como, y fue cierto. Pocos años después dimos el paso al veganismo, nada del otro mundo, es algo que puede hacer cualquiera.

 

De Niebla nació Nube, la que disfruta de la noche de agosto tumbada en la oscuridad. Su madre ya no está, pero está Pluto, su padre, y Guerrero, su hijo. También hay una pata y tres gallinas que por su edad casi no ponen huevos, pero que son bienvenidos cuando llegan. Gallinas que morirán por vejez, como mis abuelos, como la madre de Nube, como lo haremos seguramente nosotros, y no por falta de productividad como si fuesen una máquina inservible. Mientras fotografiaba a Nube en la noche de agosto, con Pepe, Eva y Nuria a mi izquierda, ellas dormían en su gallinero y el aire cálido de los campos que nos rodeaban se refrescaba ligeramente mientras avanzaba la noche.

 

 

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6 comentarios to “Nube y la noche de Agosto”

  1. 39escalones Says:

    Qué cosas; septiembre nos pone nostálgicos a todos…

  2. larraz Says:

    Sin lugar a duda…

  3. Jaime Says:

    Pobres lechugas, no tienen quien las defiendan… 😛

    El tríptico me gusta mucho.

  4. larraz Says:

    Gracias Ca.

  5. Muma Says:

    Tu forma de contar la historia y las estrellas que tímidamente se dejan ver en la foto!…Ha eso le llamo yo hacer magia!!! =D gracias por compartirlo!

  6. aquileana Says:

    Muy buena la foto, y los fundamentos de tu decisión “vegana” son loablemente nobles…

    Un abrazo para vos y para Nube…

    Aquileana😉

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